Don Bolívar, el guardián de un paraíso

Don Bolívar, el guardián de un paraíso

Unas palabras para el librero de Pitalito que se ha ido

El gran escritor argentino, aquel que jamás recibió el Premio Nobel habiéndolo merecido más que otros que sí, Jorge Luis Borges decía que siempre imaginó que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.

No sabemos, por supuesto, si Borges encontró a su muerte hace 32 años ese Paraíso soñado. Lo que sí sabemos es que, en medio del maremágnum tecnológico que nos apabulla, de los teléfonos que ya no son eso sino verdaderas máquinas de hacer casi todo, súper computadores que nos resuelven – supuestamente – casi todos los problemas, deslumbrados como estamos en un mundo del futuro que parece que ya llegó y en el que sobran tantas cosas de apenas ayer, aun así existen esos paraísos en la tierra llenos de libros.

Y, sobre todo, aún quedan guardianes de esos templos milenarios del saber. Los libreros, esos hombres que decidieron alguna vez entregar su vida no solo al cuidado de los textos mágicos, sino que, en un acto de generosidad sublime, se ofrecieron a compartirlos con quien quisiera.

Pero ya son menos, ya nos quedan tan pocos que no entendemos porqué Naciones Unidas o la Unesco o algún organismo mundial no los incluye dentro de la categoría de “En peligro inminente de extinción”, en esa lista roja al lado del rinoceronte blanco, los gorilas de montaña de África, el oso de anteojos nuestro o el puma.

Y desde la semana pasada son muchos menos los libreros en este planeta ya escaso de estos guardianes, tras la partida de don Jesús Bolívar, el señor Bolívar, o Chuy como le decían sus amigos en Pitalito. Don Bolívar, como le decíamos otros que no teníamos su confianza, ha fallecido seguramente de la mejor manera que podría hacerlo alguien como él: al lado de sus libros, en medio de esas paredes repletas de papel con letras o imágenes que lo acompañaron durante décadas. Don Jesús Bolívar se fue dejándonos el más grande legado que cualquiera puede obtener: el amor por las letras impresas en el viejo papel.

Y así fue, en mi infancia y adolescencia de Pitalito, que empecé a encontrar esa conexión mística con la lectura. Y lo hice a través de lo que creo es la literatura suprema, la de las tiras cómicas, o simplemente las revistas, como las llamábamos quienes osábamos sumergirnos en las vidas fantásticas de nuestros héroes de papel como Kalimán, Arandú, el Llanero Solitario o el negrito mexicano Memín Pingüin. Suprema porque son esas revistas o comics la mejor puerta, y enorme, de entrada al mundo siempre vibrante de la escritura.

Y allí estaba don Jesús Bolívar en su pequeño paraíso de Pitalito para ofrecernos el cáliz de la salvación de cualquier ser humano, la lectura. Y tuvo la virtud de ofrecernos el préstamo, por unos pesos y algunas horas, de sus libros y revistas por una razón poderosísima: porque la mayoría de nosotros no teníamos el alcance económico de poder comprarlos. Y como decía el novelista alemán Theodor Fontane, que los “Los libros tienen su orgullo: cuando se prestan, no regresan nunca”, pues el señor Bolívar tomaba la precaución de prestarnos las revistas y libros sin que salieran de sus cuatro paredes. Debíamos leerlos allí en su estrecho paraíso.

Durante algunos meses, no recuerdo si antes o después de conocer a don Bolívar, le monté una pequeña competencia instalando un minúsculo puesto de alquiler de revistas en la vieja plaza de mercado del centro de Pitalito. Cada semana le compraba las revistas a Yesid González en la entrada al edificio Rivas, las colgaba el sábado con nailon en un soporte de madera, ponía una silla al lado y lograba unos cuantos pesos por el préstamo de las revistas, con los cuales ayudaba a mis papás a sostener mis estudios de primaria y comenzando la secundaria. Ese precario negocio infantil, del cual seguramente don Bolívar no se enteró, se acabó cuando encontré uno más rentable vendiendo bolsas de papel para empacar la carne.

Hace ya varios años que el señor Bolívar había entrado a la categoría de incunable, como esos libros que se hicieron en los primeros años de la invención de la imprenta por el alemán Johannes Gutenberg. Se ha ido don Bolívar, seguramente ya ha llegado al paraíso que soñaba Borges.

Por: Melquisedec Torres Ortíz
Twitter: @Melquisedec70 –
chillurco1970@yahoo.com

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