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Un
macho en la cama y sin ‘cinco’ en el bolsillo Lucía había llamado varias veces esa semana a Gustavo; él es un empleado de una oficina de transporte de encomiendas, tiene 32 años, vive actualmente con su mamá y nunca ha pensado en casarse, sólo sale con mujeres menores que él y le gusta ir a los moteles, por lo menos una vez al mes. Lucía no sabía tanto de la vida de Gustavo, pero hacía unas tres semanas se habían conocido por medio de unos amigos en una fiesta, se intercambiaron números de celular y ahí comenzó una historia de mensajitos, timbradas a la media noche y coqueteos por teléfono. Esas llamadas insistentes sólo fueron contestadas hasta el fin de semana; era viernes, hacía calor en la ciudad, lo que daba ganas de ir a tomar algunas cervezas, bailar un poco. Se concretó una cita a las nueve de la noche en un bar universitario, ella invitaba, Gustavo aceptaba tímidamente, pues aún no era su quincena y sólo contaba con 30 mil pesos en su bolsillo. Al llegar muy puntuales a su encuentro, pidieron rápidamente dos cervezas en lata, y recordaron jocosamente el día que se conocieron. Así pasaron varias horas hablando de temas calientes; indirectas iban y venían, ninguno se sonrojaba. A eso de la media noche, Lucía decidió pedir una botella de ron, él no se opuso, más bien la tomó de la mano y la llevó a la pequeña e improvisada pista de baile del bar. Ahí estaba la música de Silvestre Dangond, que hacía gozar a la pareja, que parecía transmitir mensajes sexuales con la mirada. Lucía era de estatura mediana, no pasada de los 20 años de edad, era estudiante universitaria, era de color moreno, con un cabello largo y liso; Gustavo de contextura ‘decente’ para el prototipo de hombre de ella, sabía cómo seducir, como expresarse en el momento indicado, su voz alentadora y gruesa, excitaba más a Lucía. El susurro en los oídos cada vez que se acercaban en medio de los movimientos del baile, parecía un deseo anhelado para ella. Ya en la madrugada, cuando todo estaba dicho, cuando la mano de él había tocado más de la cuenta, llegaba la hora de propuestas, de decisiones. Pero no sería por parte de ella, jamás lo haría, sólo se dedicaría a esperar unos minutos más alguna idea de Gustavo. Pero en la mente de aquel hombre soltero, sin compromisos serios, sólo pasaban las cuentas de lo que se podría hacer con sólo 30 mil pesos. Finalmente se decidió, sin nombrar el lugar, la invitó, ella sabía para donde se dirigirían, pero Gustavo fue sincero y advirtió que irían en su moto, una clásica C90, de color azul oscuro. Lucía había aceptado la aventurera propuesta olvidándose de confesar que ya no tenía más dinero, confiada en que su hombre la respaldaría. Así llegaron a un motel a las afueras de la ciudad, por vías oscuras huyéndole a los policías para no correr el riesgo de detener la moto por transitar en horas no permitidas. Pero Gustavo ya conocía las rutas, ya sabía qué hacer, y así llegaron al lugar, parquearon la moto y entraron para terminar una alegre noche de risas, alcohol y mucho sexo. Desde que cerraron la puerta de la habitación comenzó el deseo mutuo, quitarse la ropa era interminable, parecía una eternidad desabrocharse los jeans, porque las manos en ese momento solo agarraban lo admirado, no había pensamiento para hacerlo como en casa. Así llegaron a las cinco de la mañana, con el placer conseguido; se vistieron ligeramente, pagaron 28 mil pesos por una habitación medianamente cómoda y Gustavo recibió las vueltas: dos mil pesos que fueron gastados en goma de mascar. La oscuridad aún estaba presente, seguía siendo esa cómplice para Gustavo. Emprendieron el regreso a la normalidad, salieron del lugar y a unos pocos metros, su vehículo se apagó. Él se detuvo y de nuevo encendió el aparato, avanzaron unos metros más y de nuevo no funcionó. La aguja de la gasolina indicaba que no existía una gota de combustible, no había una estacón cerca y menos dinero para salir del apuro.
Los carros que a esa hora ya pasaban por el sector, comenzaban a pitarles
y a lanzarles comentarios. Caminaron varias cuadras pensando en la solución, pero sólo una tenía en mente Gustavo, ir donde su amigo más cercano desde esa distancia, dejar la moto y pedir dinero prestado; pero la vergüenza se apoderó de él y decidió continuar con el ejercicio.
Con el paso de las cuadras ella parecía disgustarse, y en un arranque
de molestia, sin un peso en su cartera, decidió tomar un taxi,
sin despedirse ni acompañar a un ‘macho’ en la cama
como ella lo había llamado.
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