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Historias
de taxi Cierto día, para ser más exacto un sábado en la tarde, salí a mirar cómo estaba la movida en la ciudad, sabía que no era el mejor día, que no era el que la gente prefería para salir, pero igual, conocía algunos sitios donde la gente frecuentaba ir en las tardes, ya sea con la familia, amigos o demás, ya que la verdad en la ciudad no hay mucho de donde escoger. Luego de 35 minutos de haber recibido el taxi, una pareja de unos 36 años la mujer, y el hombre de unos 40, hacen la señal para que yo los recogiera. Claro, en un lugar no muy familiar, en una cantina de mala muerte de la ciudad, de esas en que el cigarrillo y el alcohol son protagonistas firmes. Accedí a hacerles el servicio, y ellos con una botella de aguardiente en la mano trataban de acomodarse, ella más sobria que él, ya que a tan temprana hora éste parecía haber bebido ya mucho, pues no estaba muy bien. Hablaba enredado, y se movía de lado a lado en cada curva en el asiento trasero del taxi. Yo, callado trataba de concentrarme, pero luego de unos pocos minutos estos dos comenzaron a discutir, ella le reclamaba por haber estado coqueteando con otra mujer, y le sacaba en cara que bastante debía sacrificarse por aguantar ser su amante, como para que descaradamente se burlara de ella con otra mujer del lugar. Éste trataba de contestarle pero su estado no le favorecía mucho, a lo que ella aprovechaba para zarandearlo e insultarlo. El trayecto era muy largo, un motel a las afueras de la ciudad, así que me faltaba mucho aún por escuchar de la discusión. El hombre se dormía por ratos, ella lloraba, refunfuñaba y maldecía por la suerte de ser su acompañante, a lo que también me enteré que lo era por años. Luego de tan largo trayecto llegué al lugar y le dije el precio de la carrera, ella llorando y muy molesta le gritaba a él que pagara y como siempre he tenido suerte con las carreras de gente ebria, pensé que esa sería una muy buena paga, la verdad la angustia estaba por venir. Ella le repetía el precio y este descaradamente le decía que no tenía plata, que sólo le habían quedado mil pesos, los cuales ni los encontraba. La mujer de contextura gruesa y morena de ojos claros, muy brava seguía peleando, pero ésta vez esculcándolo para ver si le encontraba dinero, después de buscarle minuciosamente encontró el dichoso billete de mil pesos, pero ni una moneda más.
Yo preocupado por ver que el pago se me estaba demorando, comencé
a afanar y a reclamar lo justo por mi trabajo, la mujer algo apenada
empezó a buscar entre su bolso, muy llamativo por cierto, de
color dorado, grande, como de paseo, y luego de sacar labiales, moñas,
esmaltes, espejo y todo tipo de accesorios, fue encontrado unas monedas,
de 50 y 100 pesos, pero ambos nos mirábamos y creíamos
que no le alcanzaría. La mujer apenada me pidió disculpas por no tener más y por haber soportado el show, yo aburrido le dije que dejáramos así porque sabía que ella no me mentía. Encendí el carro y la pareja se quedó en el lugar discutiendo mientras que yo los miraba por el espejo.
Allí comprendí que no todos los borrachos son amplios,
y que de esas carreras no siempre podré obtener la salvación
del día. |
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