Historias de taxi

Nombre: Qué sería de los curas sin los incrédulos
Hora: 4:00 pm
Día: Domingo
Lugar: Zona Sur

Tengo que reconocer que no soy el más ferviente católico, que sólo voy a misas de entierro, de matrimonios, bautizos, y eso que a regañadientes y de manera lejana, cuando son personas muy allegadas.

Tal ves por eso no tengo viva mi fe, y para mí, existe alguien Supremo, pero no es necesario que sea un rezandero de domingo que se de golpes de pecho para creer en él.

Dejé de creer en los curas, en la iglesia desde que tenía unos 10 años, cuando era tan sólo un niño que me disponía un domingo cualquiera a cumplir con mi confesión, desde ese día entendí que la fe del pueblo la convierte la Iglesia en un negocio, ya que tuve que sentir rabia al escuchar al viejo sacerdote cobrarme 6 centavos por confesarme.

Nunca más he intentado confesarme, y menos creer en un hombre igual de pecador que yo. Pero como dice el dicho ‘al que no le gusta la sopa se le dan dos tazas’, y cuando uno reniega de algo, a veces es cuando más lo debe soportar.

Me encontraba como de costumbre de frente al volante, manejando mi taxi, un domingo en horas de la mañana, y luego de haber hecho una carrera hacia el sur de la ciudad, me hicieron el pare para otra dirección, nada más que un cura, al que se le podía calcular unos 65 años de edad, un sacerdote de estatura alta, trigueño, que con sus lentes trataba de leer un pequeño texto que llevaba en la mano.

No pude realmente evitar dirigirle algunas palabras y mientras iba hacia el sitio que él me había pedido, saqué a relucir el tema de la confesión, de los escándalos de la Iglesia. Éste respetuosamente me dijo su nombre y se dedicó a escuchar atentamente, como para ir creando sus argumentos para responderme.

Efectivamente, luego de unos ocho minutos de desahogo y desenfreno en contra de la Iglesia, el sacerdote pidió la palabra a lo que no me pude negar, pues era más que justo escucharlo luego de que él lo hubiera hecho conmigo. Me explicó la palabra Fe, me habló abiertamente sobre los errores que ha cometido la Iglesia, reconoció las fallas, me habló de los buenos hombres que han sabido llegarle a las familias como Juan Pablo II, y me dijo que la iglesia no son los sacerdotes, que ellos no son más que un instrumento para acercarnos a Dios.

En fin, también habló mucho y yo le refutaba, estaba tan metido en la conversación que varias veces le tuve que decir que me repitiera la dirección porque lo olvidaba, le dije que la Iglesia era el mejor negocio, que la opulencia y la riqueza que tenían era a costillas de los pobres católicos, y que nunca volvería a creer en eso.

La discusión era respetuosa pero en varias ocasiones me callé para no llegar a ser grosero, y el sacerdote solo atinaba a tratar de lavarme el cerebro con el cuento de la religión. La verdad no lo logró y luego de un largo trayecto llegamos a la casa en donde salieron varios padres a recibirlo. Éste me agradeció por la carrera, pero también por haberlo escuchado, diciendo que se retiraba un poco aburrido por no haber logrado devolverme al camino de la fe.

Al salir del lugar recordaba las palabras de ese hombre, me reía, pero también me daba rabia cuando reflexionaba sobre las noticias de corrupción en la Iglesia en todo el mundo y por eso mi pensamiento era más que firme. Y aunque había tenido que escucharlo no me había convencido ni un poco.

Unos metros más allá saliendo de ese sector, solo pedía que me salieran más carreras porque los domingos no son muy buenos, pues la ciudad se ve casi vacía, y eso me perjudica. Tal sería mi sorpresa que de inmediato otra carrera se veía a la vista, pero lo más irónico una monja, ésta vez, de unos 38 años de edad a la que también accedí a recoger, y desde el saludo fue dándome la bendición.

Ya se podrán imaginar que hablamos a lo largo del camino.

 

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