Historias de taxi

Nombre: La necesidad tiene cara de perro
Hora: 3:00 pm
Día: Sábado
Lugar: Suroriente

Casi siempre los fines de semana son flojos para las carreras de taxi, pero más que todos los sábados han logrado salvarme para completar la cuota. Después del medio día, de haber almorzado en mi casa pollo con cebolla precocida y unas buenas tajas de pimentón, que son uno de mis mayores gustos al comer, salí temprano a tratar de rebuscar unos pesitos, ya que en la mañana, después de hacer recorridos a lo largo y ancho de la ciudad sólo me había hecho 21 mil pesos, lo cual era muy poco para la hora.

A eso de las tres de la tarde por fin me resulto una carrera, una mujer de unos 46 años con tres niños de varias edades y un ‘tiplesito’ de unos 2 meses de nacido, como le llamo a veces a los bebes, quienes me dijeron que los llevara a uno de los supermercados populares de la ciudad, no ese en el que van las familias a gastar platica, sino a esos que cada pesito de menos sirve para ahorrar y hacer un medio mercadito, como para unos días, ese que se llena de familias que no tienen para más.

La mujer trataba de calmarse frente a sus hijos que peleaban sin parar, al punto de desesperarme, y cuyo bebe dormía en los brazos de su madre. Una mujer sola que en su vestimenta se le veía la humildad, le necesidad, la tristeza por su situación, lo cual deduje por observarla en el espejo del taxi.

Ella calladamente contaba unos cuantos billetes de baja denominación (mil pesos) y hacia cuentas de que podría comprar para calmar el hambre de ella y sus hijos.

Mientras recorría la ciudad para llegar al sitio, bastante retirado y con mala fama por la cantidad de robos, y porque la pobreza brota a flor de piel, yo también hacia cuentas de lo que me faltaba para completar la cuota y lo que mínimo debería llevar a la casa, porque debía juntar lo del recibo del agua, ya que si no lo pagaba me suspenderían el servicio, y para calmar a mi mujer le había prometido conseguir el dinero.

Luego de unos 20 minutos de extremo total en el recorrido, llegué al punto donde ésta pobre mujer me había pedido, y cuando ella me preguntó cuánto me debía, le cobre cinco mil pesos, a lo que ella tímidamente y con algo de vergüenza no fue capaz de levantar su mirada para decirme que no contaba con mas de tres mil pesos y que no tenia mas para pagar lo que yo le había solicitado.

Al ver su cara triste, su situación, le dije que tranquila, que dejáramos así. Ella de inmediato me paso el billete de dos mil y mil pesos en monedas de cincuenta pesos para completar así el resto.
A los pocos minutos de haber dejado a la señora y sus cuatro hijos y de haber recorrido unas cuantas cuadras del lugar, pensé que había sido injusto al cobrarle, que la pobreza extrema se le veía a ella en la cara y que tal vez esos tres mil pesos eran los de completar para una libra de carne o para algunos panes, y al pensar en ello se me estremeció el corazón, y me arrepentí de haberlo hecho.

Intente devolverme, buscarla y devolvérselos, pero al contar nuevamente la plata, que hasta el momento había hecho en una jornada dura, con un calor intenso y la preocupación por conseguir lo del recibo del agua, decidí que no podía hacerlo, porque si reponía el dinero para que esta mujer aumentara la compra de comida, mi familia y yo tendríamos que quedarnos sin agua y por ello prevaleció mi familia y mis necesidades, a pesar de que esta mujer estaba mas necesitada que yo.

 

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