| |
Noticia
del día | 29
de Agosto de
2010
Cómo
viven los mineros a 688 metros bajo tierra
Los
33 obreros pasan sus horas en un tramo de 2 km en
el interior de la mina. Armaron zonas de descanso
y reunión en pasillos de 4 metros. Se dividieron
en grupos para cuidarse y dormir. Todos están
más delgados. Y hay 5 con depresión.
“Fue
algo espantoso. Sentimos que se venía la montaña
bajando hacia nosotros y sin saber lo que pasaba...
Después vino el tierral, como cuatro o cinco
horas que no podíamos ver nada ”. Habían
pasado quince minutos de las dos de la tarde y el
turno de trabajo en la minera San José, en
el norte de Chile, estaba atrasado para salir a comer.
Esos minutos de diferencia de la rutina habitual hicieron
que el camión que manejaba Franklin Lobos,
el ex jugador del equipo Cobresal y de la selección
chilena y que se ocupaba de subir y bajar a los trabajadores,
no quedara aplastado por “la montaña”
que se vino abajo ese 5 de agosto.
Los 33 mineros pasaron un largo tiempo sin saber qué
había sucedido, después Don Lucho –Luis
Urzúa, el jefe del turno– siguió
con el relato de los primeros minutos de la tragedia.
Cuando pudieron reaccionar se dieron cuenta que estaban
atrapados. Una piedra taponaba el camino hacia la
superficie.
A oscuras. El refugio en las primeras horas colapsó.
No había la luz artificial que debía
funcionar. Pero había comida. Unas latas de
atún, leche, galletas, agua y fuerza y ganas
de vivir. Eso los salvó durante 17 días.
Hasta que el domingo pasado, el 22 de agosto, cuando
eran apenas las 5 de la madrugada, una de las sondas
que desde hacía días fallaba en el intento
de llegar al nivel donde estaban cambió la
suerte. Desde entonces, han estado sobreviviendo en
extremas condiciones , aunque con un grado tal de
organización que han valido los elogios de
los técnicos de la NASA que llegarán
el martes para asesorar a las autoridades.
Hasta que tenga lugar el rescate –pautado para
dentro de tres ó cuatro meses al menos–
los mineros se mueven por dos kilómetros de
la mina que tiene pasillos de cuatro por cinco metros
y que, por momentos, desembocan en galerías
del tamaño de una cancha de fútbol.
Después de las cinco horas de ceguera inicial,
la organización del grupo de trabajo se impuso.
“Siguen con la dinámica de su turno.
Cada uno hace lo que sabe hacer”, explicó
a Clarín uno de sus psicólogos, Alejandro
Iturra.
Al principio se dividieron en tres grupos de once
para cuidarse y dormir.
Ahora son once de tres. Hay cinco que están
deprimidos. Incluso uno de ellos no quiso aparecer
en los videos que están enviando a sus familiares
que aguardan novedades en la superficie.
Todos han bajado alrededor de 10 kilos y muchos de
ellos sufren de desnutrición. De acuerdo con
lo que apreciaron los expertos en las imágenes
que han llegado desde las profundidades de la mina,
su masa muscular está consumida por haber comido
cada 48 horas dos cucharas de atún, un sorbo
de leche y un pedazo de galleta. Por eso la prioridad
ha sido la alimentación y la hidratación.
El refugio tiene tales niveles de humedad que lo hacen
aún más invivible. Hay sectores en donde
el agua les llega hasta las rodillas. Uno de los lugares
de la mina se transformó en el “casino”.
La mesa sirve tanto para jugar al dominó –que
ellos armaron con maderas– como para reunirse
a tomar decisiones.
El sector de descanso fue asignado a un pasillo .
Ahí están las camas. Un poco más
arriba, subiendo por el camino, el agua que cae transformó
al espacio en el “sector de duchas”. A
partir de ayer se lavan allí con el detergente
enviado desde arriba por un tubo de once centímetros
de diámetro. No aguantan la costra de grasa
corporal y polvo que tienen.
Los especialistas han acordado que deben cumplir con
cuotas de horas de sueño , de actividad laboral,
de recreación y de reposo. Por el momento,
se resolvió no suministrarles electricidad
para evitar peligrosos cortocircuitos. Asimismo, los
médicos y otros expertos en salud intentan
que los mineros potencien las habilidades de cada
uno, estimulando el surgimiento de liderazgos espontáneos.
Hasta ahora, el “cordón umbilical”
–el caño salvador que los conecta con
la superficie desde que fueron hallados– lleva
y trae “palomas”, unos tubos de metal
con compartimentos internos que sirven como transporte.
Ahí van cartas de los familiares, videos con
saludos, comida y agua. Desde mañana comenzarán
a ingerir 2.000 calorías diarias. Será
el inicio de la etapa de mantención alimentaria.
Habrá juegos y una rutina para marcar el día
y la noche en el medio de la oscuridad con el auxilio
de lámparas fluorescentes graduadas en distintos
niveles de intensidad. Hasta que, en tres meses o
más, según lo estimado, logren llegar
a ellos y ellos logren llegar a ver el sol y a sus
familias.
La mina San José es un paraje alejado en el
desierto de montañas y dunas del desierto de
Atacama. Unos 90 kilómetros la separan de Copiapó,
la ciudad más cercana. Para llegar hasta ella
se debe dejar la ruta 5 y avanzar por un camino de
curvas imparables entre montañas ocres.
Después el desierto se hace florido, gracias
a las lluvias que este mes lo tapizaron de unas flores
violáceas sorprendentes. Después vienen
las montañas grises. “Fierro”,
dice Nelson un minero de 72 años que desde
hace mucho pica y pica estas piedras.
El camino se divide en dos. Un cartel improvisado
señala “Mina San José”.
Después está el retén de los
carabineros que sólo deja entrar a familiares
y a la prensa que invadió la zona.
El cerco permite avanzar hasta el pie de la mina.
Una barrera dice “Alto”. La montaña
comienza a elevarse. Adentro están atrapados
los 33 mineros que ya son los héroes del mundo.
|
|
|