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Historias de taxi
Nombre: Una carrera hacia el éxtasis y la diversión verde
Hora: 6:00 pm
Día: Viernes
Lugar: Sur

Ya estaba resuelto a trabajar un poco más de una hora para sacar algún dinero extra para mi casa. A esta hora ya tenía los 40 mil de la cuota y 15 mil pesos más para mi beneficio, pero aún era muy poco, así que decidí pedirle tiempo al otro chofer y este amablemente me lo concedió.

Era un sábado y hasta hace un rato había estado el sol fuerte en el parabrisas del taxi, por lo que debía tapar con una improvisada manera y evitar que el sol me diera directamente en los ojos.

Me encontraba a muy poco tiempo de entregar el carro cuando me salió una carrera para el sur de la ciudad. Allí dos hombres de unos 30 años en promedio, me solicitaron el favor de llevarlos hacia un popular sector.
Uno de ellos particularmente me llamó la atención, pues tenía su cabello rojo, bastante encandecido lo que alumbraba y más por su color de piel blanca, y sus ojos cafés claros, los que sólo vi en un momento porque luego en todo el camino se colocó unas gafas grandes y negras que no me dejaron observarlo más.

Su acompañante el que al comienzo en realidad pensé era su amiguito, pues debo confesar que pensé eran una pareja homosexual, era un poco más conservador en su conversación, y en su ropa; parecían estar hablando en clave, a lo que realmente era un susurro.

Luego como si ambos se hubieran puesto de acuerdo, me señalaban que yo como taxista debía saber donde era el expendio de droga, y que querían que los llevase a un lugar de esos. De inmediato les dije que no sabía, porque a mi edad la verdad soy muy veterano para saber esa información, y no tenía ni idea del sitio que ellos me estaban indicando.

El de la cabeza colorada se reía, y dudaba de mi palabra y en lugar de ponerme furioso también yo sonreía porque no sabía la ubicación de ese lugar. Inmediatamente me seguí negando, tal vez ellos comprendieron que era cierto y me dijeron en un tono jovial “…fresco viejo, hágale que nosotros le indicamos donde es…” a lo que asentí con la cabeza, pues mi verdadero interés era prestar un servicio y ganarme unos pesitos.

Luego de unos 20 minutos tal vez de recorrido, llegamos a un barrio bastante humilde, con calles empolvadas, si es que a ese lugar se le puede decir calles, ya que tenía más huecos y parecía más una trocha. Ellos parecían no inmutarles nada, y hasta se veían confiados lo que me llevó a pensar que no era la primera vez que iban allí.

Bien al fondo del sector llegamos a una esquina, en donde se vislumbraba una casa, una de esas antiguas, viejas, de bahareque, donde salían y entraba unos perritos, y gatos, y hasta una gallina. Al pitar se acercó, disimuladamente pero algo desconfiada, una anciana de unos 80 años, la cual dejó entreabierta la vieja puerta de madera apolillada, para que uno de mis pasajeros se bajara a hacer el pedido.

Luego de un par de minutos y de la cara bastante excitada del pelirrojo, supe que habían comprado varios gramos de cocaína, marihuana y otras pepas, que parecían dulces por sus colores llamativos, a lo que no puede evitar observar mientras estos reían y preparaban un resto de día alucinante.

Hablaban del precio de la mercancía, de que harían y como gozarían con ella. Sin embargo, el trigueño le dijo al otro que como iban a llegar a la casa así, ya que su esposa lo esperaba molesta por no haber ido en todo el día, y por el olor a tufo que tenían ambos, hacía creer que estaban tomando desde muy temprano.

El pelirrojo más espontáneo, y más sereno le dijo que la esposa lo había conocido así y que tenía que aprender a aguantarlo con sus defectos y resabios y que así entraría a la casa, y que si no le gustaba pues que se fuera, pero que nadie les iba a dañar los planes de beber, y consumir drogas hasta el otro día.

Yo muy atento pero callado escuchaba, y le ponía más atención al ver que estos hombres jóvenes todavía, y a los que se les veía tenían comodidades les podría gustar estas drogas, y al pensar en lo que habían gastado en dicho pedido se me hacia agua la boca, porque mientras que otros se gastaban la plata como si nada en vicio, yo me mataba por logar que mi taxi diera para arrendo, mercado, estudio, y servicios de mi hogar.

Que irónica es la vida pensaba, hasta que llegamos a la casa de uno de ellos, una muy bonita y de buena posición. Al parar les cobré 10 mil pesos, y estos me pagaron sin ‘chistar’, no sin antes repetirme entre carcajadas “…usted hermano es un bacán, una chimba, suerte pana…”, a lo que sólo me reía, y reflexionaba que la suerte definitivamente es una ruleta rusa.

 

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