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Historias de taxi
Nombre: La última carrera de la vida cuando menos se espera
Hora: 4:00 pm
Día: Lunes festivo
Lugar: Vía Neiva - Rivera

Como todos, y más para mi siendo conductor de trasporte público, es difícil el trabajo en el mes de enero: los estudiantes están de vacaciones, muchas personas se van para otras ciudades, otros no salen, y la ciudad queda un poco vacía; sin embargo, como padre de familia con muchas obligaciones, es un mes más para guerrear por sacar la familia adelante.

Cierto lunes festivo, más sola la ciudad se ve, pero me dispongo a salir con la mejor actitud a trabajar, pidiéndole como siempre una ayudadita extra a Dios. En ese instante una mujer robusta con varios paquetes un poco peculiares por ser tulas, bolsas viejas, me hace la señal y me dispongo a recogerla.

Al entrar me fijé en uno de sus paquetes con una bolsa oscura que tenía un nudo con la común y llamada piola, el cual custodiaba con más cuidado que los otros. En ese momento al tener encendido el radio de mi taxi salió una canción de la popular Helenita Vargas, a lo que a la señora le encantó, pues de inmediato comenzó a tararear y a cantar la letra con gran pasión, lo que me hacia reír por ser de una edad avanzada.

El trayecto era un poco largo, al municipio de Rivera y como había estado tan pesado el trabajo hasta el momento, accedí a ir. Luego de terminar la canción la señora comenzó a conversar conmigo, a hablarme de las fiestas de final de año, de sus achaques pero también de lo feliz que estaba porque se disponía a esperar a sus hijos que no habían podido venir a pasar fin de año, lo que la llenaba de ilusión, así que en un momento parecía ser su confidente.

El paisaje, el clima fresco, cosa que es raro en esta ciudad, hacían cómplices de una rutina distinta, pero que seguramente me traería buenos dividendos. Mientras pasaba la charla, y varias canciones de corte popular, la mujer me iba indicando la calle por la cual debía pasar para llegar a su casa. Cuando avistamos la puerta de ésta, ella afanosamente comenzó a bajar paquetes que por el olor suponía que era comida, entre ésas, carne porque todo el camino lo sentí.

Al bajar aproximadamente unos tres paquetes grandes y otros tantos pequeños me dispuse a devolverme a Neiva, luego de haber cobrado el dinero de la carrera. Al llegar y estando un poco cansado y dejándome tentar por una empanada, me bajé a comer y a descansar luego de estar tanto tiempo sentado. Y cuando luego de unos 10 minutos entre cuatro empanadas y un vaso de aloja observé en la parte trasera del vehículo la bolsita que esta señora tanto había cuidado en el camino.

Al retroceder un poco el tiempo supuse que esta se había caído y por eso ella no la había visto, por un momento sólo la recogí, pero antes de arrancar la curiosidad me impulsó a saber que era. Al destapar la bolsa mediana, me di cuenta que en su interior estaba protegida por un sobre hecho improvisado con papel periódico que tenía alrededor de unos 300 mil pesos con recibo arrugado en el que se veía que era parte de la plática de un subsidio para adultos mayores que había sido cobrado por esta señora hacía unos pocos días, y el cual conservaba como improvisada billetera.

Con tan regular día para mí en el taxi, y con un mes tan pesado, y más con deudas atrasadas del año pasado, no puedo negar que alcancé a visualizar lo que me alcanzaría si cogiera esa plata para subsidiar algunos gastos en mi familia, pero tan sólo segundos después recordé a la señora que jocosamente había escuchado cantar y hablar en todo el trayecto hacia rivera, y también la humildad en la que vivía, pensé en su edad, en sus necesidades y sin pensarlo más, sabía que debía devolver dicho paquete.

Ahora el gran problema era devolverme, ya que eso ameritaba asumir gastos y sin poder esperar nada a cambio. Luego de pensar en eso, preferí hacer lo que está bien hecho, entregarlo, así que siendo la primera vez que iba en mi vida dos veces seguidas a ese pueblo me dispuse tomar la misma ruta.

Ya siendo un poco tarde, cuando caía el sol llegué a dicho municipio y de inmediato a la misma casa, pero algo distinto había en ella, una gran cantidad de personas que murmuraban, que susurraban, que salían y entraban, algunos llorando, otros con cara de sorpresa. Al bajarme una niña muy acongojada se acercó y con mirada triste me dijo: -¿Qué se le ofrece?-, yo le dije que la señora de la casa había dejado un paquete en mi taxi, y que venía a devolverlo.

Ella sorprendida me dijo que esa señora era su abuelita, y que ya era tarde para eso, que hacía muy poco la habían encontrado muerta en la cocina preparando un plato para ellos que venían de visita, y luego lloró como lo que era, una niña.

Muy sorprendido por lo que estaba escuchando me dispuse a entregarle a la niña la bolsa y ella ya con su madre que trataba de consolarla me agradecieron y me dieron una gratificación, que si hubiera sido en otro momento, en otras circunstancias lo hubiera aceptado, pero mirando la tristeza de aquella familia no pude hacerlo y me retiré respetando el dolor de ellos.

Al devolverme a Neiva sólo pensaba en la importancia de vivir cada día a plenitud, con disposición y siempre teniendo presente que se debe vivir como el último y demostrando a los que uno ama lo importantes que son, porque la muerte llega de manera repentina pero irremediable a nuestras vidas.

Continuará...

 


 
 
 
 

 

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