Los rostros de la gente

Los rostros de la gente

Lo más bello de la vida es tener la posibilidad de conocer gente, personas que han sido parte de nuestro trasegar y que de una u otra manera han dejado huella en la mente y sello imborrable en los recuerdos. Pensar en ellos a veces genera risa y alegría, otras veces tristeza o nostalgia, pero lo bonito del ejercicio de evocar estas memorias es que se rinde homenaje a quienes habitan indeleblemente en nuestra mente.

No me voy a referir a mi familia obviamente porque los que se fueron al encuentro con Dios jamás serán olvidados y los que aún tienen la gracia divina de la vida ocupan un espacio privilegiado en mi mente y corazón.

Merceditas Quintero fue una mujer especial, ya hace unos años falleció, pero tengo el mejor de los recuerdos de cuando vivíamos en Gigante, mi pueblo natal. Ella con el rostro marcado por los años, en su piel trigueña, con rasgos físicos típicos de una verdadera opita, era de esas señoras a las que muy pocas veces se le vio deprimida, pues siempre tenía una excusa para sonreír, así la conocí y de la misma forma la vi cuando me despedí la última vez.

Carlos Enrique Montealegre, fue un muchacho de esos que se sale del promedio, era una persona sumamente simpática, rebuscadora, emprendedora, con deseos de comerse el mundo. Aunque era bajo de estatura y no era el hombre más agraciado, él se creía inmenso y todo un galán, por ello tal vez siempre se le vio acompañado de mujeres hermosas con quienes compartió su vida. Fue de muchos amigos y muy pocos malquerientes, pero uno de esos pocos le robó la vida cuando aún estaba muy joven y tenía mucho para dar.

El padre Héctor Ángel Hermida, sacerdote de la Iglesia Católica, fue de esos típicos párrocos municipales medio brabucones, de épocas en que el cura del pueblo tenía mucha  autoridad y su palabra era sagrada para todos. Pues aunque eso era lo que parecía, en realidad fue un gran hombre, extremadamente simpático; entre sus charadas era el decir “que era hijo de un bizcocho de Altamira” por su origen “altamireño” y en temporadas de contiendas políticas era muy fácil escucharlo lanzar vivas al partido conservador desde el púlpito, algo que resultaba gracioso viniendo de él, a pesar de hacerlo en un municipio liberal como lo era Gigante. El padre Ángel falleció hace ya unos años, pero aún ronda con gratos recuerdos en la memoria de quienes lo conocimos.

Ancizar Murcia, un señor que conocí por circunstancias del destino era un hombre sumamente fuerte, había sido de todo y sabía casi de todo. Tenía claro que una buena actitud de servicio era clave para ganar el favor y confianza de las personas, la cual respetaba y cuidaba como su valioso tesoro, por ello ganaba el respeto de quienes lo conocieron. Daba la vida por su esposa y por sus hijos y se aseguró antes de morir por un aneurisma que tuvieran asegurado su futuro en mejores condiciones de las que él pudo ofrecerles. Tenía una frase muy particular para cuando de pronto pasaba una mujer casada y por sus atributos se le admiraba y ante esto con una sonrisa en sus ojos decía: “uno deseando la mujer de otros y otros deseando la mujer de uno”.

Siempre es bueno dejar gratos recuerdos cuando se vive, ese es un buen consejo para quienes solamente dejan experiencias desagradables a su paso.

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
Twitter: @Hufercao04

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