Los valores no se han perdido, ahí están, pero invertidos

Los valores no se han perdido, ahí están, pero invertidos

Desde hace muchos años hemos escuchado del eterno tema que preocupa a profesores, padres de familia, abuelos y bisabuelos.

Me refiero al tema de los valores. Nos han dicho que se han perdido, como si se perdiera una llave para abrir la puerta de la casa, o acaso las llaves del carro.

O esa otra pérdida, que hace referencia a lo que ya no está en el ser, ni en el comportamiento o pensamiento.

Me temo que la cosa es peor que esas dos pérdidas. Los valores sí están en la mente de todos, pero la sociedad opta por convertirlos en antivalores y éstos últimos en los nuevos valores. Es decir, los hemos invertido.

Ser honesto es hoy menos importante que ser pillo. Sobre todo en Colombia. En nuestro país no creo que exista un joven que no haya consentido la idea de conseguirlo todo a punta de ilegalidades. Vemos a diario a muchos de ellos protagonistas de delitos en los medios de comunicación.

La ilegalidad como vehículo para conseguir ese bienestar material, es pan de cada día. Y a juzgar por lo que el joven consigue, el resultado es otro antivalor: la vanidad de un celular, una moto, un vehículo, etc.

Y cómo no, si el mal ejemplo está plagado en la clase política que todos los días moja páginas enteras por la prensa sobre investigaciones sin que hayan condenas ejemplares.

En esos casos el fruto es igual pero en plural: motos, carros, fincas, apartamentos, acciones, contratos fraudulentos, empresas y hasta subsidios (qué descaro).

Y no pasa nada porque fiscales, contralores, procuradores y hasta jueces son muy condescendientes con estos actores de la corrupción, que se según la Contraloría General de la Nación, se apropian de $50 billones al año.

Para muchos no pasa nada porque ellos (la justicia), también participan del atraco colectivo.

Ni hablar de los distintos vicios que no son más que simples pasatiempos necesarios de la sociedad de hoy. A las sustancias sicoactivas les llaman ahora drogas recreativas, mientras el consumidor, pasa en muchos casos, de la adicción a la indigencia.

O la infidelidad que tiene canciones bandera como Felices los Cuatro de Maluma. O la venganza, vista como “hicimos justicia porque en el amor el que la hace las paga”, de Silvestre Dangond.

El odio, otro antivalor, se enarbola como alternativa al perdón. Por eso es mejor aniquilar al que nos insulta y no perdonarlo.

Odio como el de los bárbaros acostumbrados a tenerlo todo con violencia, como los asesinatos sistemáticos de líderes sociales (ya van 6 en 2019), muchos de ellos defensores de tierras de las víctimas del conflicto.

O si piensa distinto y se pone de muy rebelde y de pronto tiene muchos seguidores, es un terrorista que pone en peligro el orden que “todos quieren”. No hay que dialogar con esa amenaza. Hay que acabarla.

La reciente ley de financiamiento, que es injusta para los más pobres y “justa” para los más ricos, nos revela otro antivalor reinante como valor supremo de los poderosos: la avaricia, opulencia y egoísmo. Antivalores disfrazados de Desarrollo para el país.

Malos ejemplos al volante y con el medio ambiente, ilustran el antivalor de la irresponsabilidad. Los días posteriores a las fiestas de fin de año que dejaron saldos de accidentados y muertos nos lo dice todo.

Y estos casi 40°c, a la sombra del sol de enero, nos calienta la conciencia ambiental recordándonos que a diario agredimos la naturaleza por una pésima cultura y un mal concepto de modernidad.

Seguiríamos con más antivalores y haríamos una larga lista que se ubican como los grandes modelos de la sociedad.

Hasta Duque con la “re edición” de la historia en este año del bicentenario de la independencia nos impone un yerro histórico desmentido por la academia.

En lugar de aceptar su error (valor de la humildad), pone a muchos colombianos a defender semejante salvajada (antivalor de la ignorancia).

Que en 2019, la tarea sea la reinversión de los valores invertidos. No conozco a alguien que esté gozando con el mejor de los valores (la paz interior), luego de seguir una vida plagada de antivalores. Saben que tienen que pagar una cuenta costosa y no se vive feliz con eso.

Por: John Hammer León Cuéllar  – johnleonc@outlook.com

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