“Monstruo concha de tu madre”

“Monstruo concha de tu madre”

¿Alguna vez le han llamado monstruo?, ¿alguna vez le han atado su rostro con cinta adhesiva para desfigurárselo?, ¿alguna vez le han preguntando qué tiene entre las piernas?, ¿qué si se operó?, ¿qué cuál es su verdadero nombre?

Seguramente a usted no, pero sí a Marina, el personaje principal de la película chilena ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera: Una Mujer Fantástica.

A pesar de que ni Royal Films ni Cinemark trajeron este largometraje a nuestra ciudad (en la que seguro creen que sólo se venden las películas de guerra, superhéroes y monos gigantes), con una única función, la noche de ayer se estrenó esta historia de una mujer transgénero cuya pareja muere súbitamente a causa de un aneurisma cerebral, dejando a una familia desconcertada y con ganas de echarle la culpa a alguien.

La exesposa de Orlando (un muy buen tipo, por cierto) y su hijo mayor cogieron entre ojos a Marina y de criminal no la bajaron. Porque ¿en qué cabeza cabe que por voluntad propia un respetado hombre edad y de negocios fuera a involucrarse en una relación sentimental con una mujer transgénero visiblemente más joven que él? Una perversión, dijo la exesposa del difunto, “monstruo concha de tu madre”, vociferó el hijo que tenían en común.

No pues, qué dijo ¡una parafilia! ¿Acaso las personas trans sólo pueden ser vistas como un objeto sexual o como una fantasía exótica y no como una pareja con la cual formar un hogar, viajar, hacer planes o crear una familia? Así como existen personas transgénero, existen personas que se enamoran de ellas ¡Supérenlo! Ningún amor es ilegal.

Pero esta familia no sólo desconoce y cuestiona la naturaleza de la relación amorosa entre Marina y Orlando, también aprovecha cada encuentro con Marina para insultarla, aunque eso sí, con todo respeto: “con todo respeto, te veo y no sé lo que eres”, “con todo respeto, no me imagino a Orlando contigo”, “discúlpame, pero con todo respeto te pido que no vayas al funeral, debo proteger a mi hija menor”. ¿Ah? Suena igualita a tantos que dicen “no soy homofóbico pero…”.

No hay manera respetuosa de cuestionar la identidad de alguien, dígase como se diga, esas expresiones son pura transfobia[1] y cualquier persona debería reservárselas. A nadie debería importarle lo que tienen las personas entre las piernas, así como nadie tiene el derecho de llamar a alguien por un nombre o un calificativo con el cual no se identifica.

Tal como ocurrió en la película, pues un policía tremendamente cruel exigió a Marina presentar su documento de identidad y acto seguido se dirigió a ella como “señor”, no una, sino varias veces.

¡Esto es discriminación! No se necesitan ni dos dedos de frente para saberlo ni para repudiarlo, tampoco se necesitan títulos ni educación formal ¿sabe qué si se necesita? Un profundo respeto por la dignidad y la libertad humanas… hagamos el intento: viva, deje vivir y luche para que otros vivan igual que usted puede hacerlo.

Y otra cuña apropósito de la coyuntura. Para comprender el derecho que cualquier persona tiene de decidir quien es y cómo llevar su cuerpo, tenemos que dejar de pensar que la genitalidad está directamente asociada a la identidad humana y mucho menos a los roles sociales que cada quien quiera asumir.

Por eso no entiendo cómo la Universidad Antonio Nariño impide la participación del estudiante Stiveng Navarro como candidata trasnformista al reinado interno ¿no es el baile lo que importa? Con todo respeto ¿no les da pena?, ¿quiénes son los verdaderos monstruos?

[1] Odio hacia las personas transgénero

Por: Claudia M. Álvarez – claudialbaricoque@gmail.com
Twitter: @cmalvarezh

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