No más política del bonsái

Las noches se hacen largas, reflexivas y críticas por estos días, cuando decides hacer un balance de la vida en un aspecto que aunque te apasiona, sientes que no ha sido del todo bondadoso contigo, el ejercicio de comparar activos y pasivos de tu vida en una balanza política no concluye para nada en el equilibrio y mucho menos en el lado donde tu quisieras se marcará la diferencia.

Cuántas amistades se desvanecen por estos tiempos, cuanto lobos se quitan el disfraz de ovejas y salen al acecho, cuantas grandes y eternas alianzas juramentadas se derrumban como castillo de naipes y a pesar de que las cimentaste con amistad sincera y quisiste conservarlas con sacrificios, el peso del lastre de la traición y la falsedad la derriban de manera tan repentina pero tan contundente que te sorprende la debilidad con que diseñaste tu estrategia.

Es triste ver como existen personas que se creen tan ricas y con la abusiva confianza de pensar que pueden comprar a otras, como triste es ver gente que ha llegado al nivel tan bajo de miseria que ya se ponen precio base y salen a subastarse al mejor postor. Los líderes que salen a la palestra pública a proponer planes, programas y opciones sin tener como respaldo recursos cuantiosos, dadivas y un caudal económico a su servicio, inician con el sello de la derrota por culpa de una sociedad que ha perdido el horizonte… en algún tiempo leí: “Es una pasión errada a quien la culpa es de echar… al que peca por la paga o al que paga por pecar”.

Pero hay algo más aberrante y del cual casi ningún “movimiento político” se salva y es de la miserable política del bonsái. Hoy un grupo minúsculo de personas consideran que tienen la posibilidad de definir hasta donde debes y puedes crecer, y para mayor asombro, el conglomerado así lo entiende y cuando te propones una dignidad que se considera alta, comparada con el rango que previamente te han asignado, el común denominador son las burlas y el aislamiento como una cuarentena para que vuelvas a la realidad y te comportes como lo que eres, un soldado sin derecho a ascenso en una guerra donde tu serás carne de cañón, entre tanto, personas que jamás salen al campo a untarse de pueblo cobrarán y disfrutarán los trofeos obtenidos por los plebeyos eternos.

Pero aún tenemos opción, siempre hay esperanza de cambio y renovación real, en nuestras manos está la fuerza que puede generar una reacción en cadena. En primera instancia participa en los procesos, no te quedes como invitado de piedra, la tiranía se alimenta de la indiferencia. No te abstengas de decir lo que piensas, exprésate con libertad y sin depender del permiso previo de nadie, que tus ideas fluyan y sean conocidas por ser innovadoras, respetuosas y cimentadas en el terreno solido de los argumentos.

No te dejes llevar siempre por las multitudes, pueden ser un referente de lo que se necesita pero en muchas ocasiones están ciegas y como borregos rumbo al matadero van cantando y pregonando casi que mecánica o maquinadamente consignas que no entienden y que si entendieran odiarían. Respeta el pensamiento ajeno y sé tolerante sin ser permisivo, debes hacer respetar tus ideales, claro siendo receptivo y perceptivo. La diferencia de pensamientos es lo que nutre la democracia y es la semilla para que germine el árbol del progreso de una comunidad.

Todos y cada uno podemos hacer algo: el humilde resistiéndose a las limosnas electorales y el pudiente omitiendo la delictiva conducta de comprar conciencias, como ciudadano debes hacer frente a las autoridades que creen que cumplir con un programa de Gobierno o con la obligación de ser servidores públicos les faculta a exigir compromisos politiqueros. Debemos acabar con esa infame tradición de que el ciudadano siempre es el que está en deuda con el político. Si hoy no apoyas a quien apoyaste ayer, ya no tienes su respaldo, que cosa más absurda.

Campesinos, citadinos, estudiantes profesionales, y todos en general, tenemos el derecho y la obligación de legar a las generaciones futuras el mejor tesoro que puede poseer un ser humano “la dignidad”, un hombre es tan grande como sus sueños y por eso debemos ser nosotros quienes acabemos con la maldita “POLITICA DEL BONSAI”, solo Dios puede poner límite a nuestra existencia, después de lo que él tenga escrito en el libro de nuestras vidas, sueña, proyecta, lucha y consigue lo que quieras.

Por: Carlos Andrés Facundo Ortega – andresfacundo@hotmail.com

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