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Por: Libardo Gómez Sánchez - E-Mail: libardogomez@gmail.com
Con la proliferación de acuerdos comerciales o TLC´s con otros países, las Cámaras de Comercio han vuelto a los eventos y conferencias sobre la Competitividad, palabreja empleada para determinar por los técnicos o los burócratas la capacidad que tiene el agro y la industria nacional de aguantar el chaparrón de mercancías, servicios y capitales provenientes del extranjero, porque está descartada la posibilidad de enviarles productos diferentes a las materias primas como minerales, que poseemos y de las que ellos carecen.
Sin considerar los enormes apoyos de las tesorerías de los gobiernos de los países desarrollados, las múltiples trabas no arancelarias que colocan cuando deciden impedir el ingreso de productos de terceros países, es inevitable observar las protuberantes limitaciones internas propias del subdesarrollo y de los desastres que ocasiona el manejo de la política económica y social por parte de quienes nos mal gobiernan.
Una evidencia de ello, a pesar de que se habló de agenda interna y se alardea cada rato a través de los medios delos avances del país, son los estudios presentados en el Foro Económico Mundial que mostraban a Colombia en el Rankin de competitividad mundial en el puesto 74 entre 134 naciones en el 2008 y en el 2011 tres años después el lugar 68 entre 142 países, es decir, registró un pronunciado descenso.
Al evaluar algunas de las variables empleadas para determinar la capacidad competitiva, nos encontramos con que las únicas en que tenemos un lugar destacado son aquellas que afectan el ingreso de la nación y el de sus habitantes: exenciones tributarias a granel para el capital extranjero y pésimos salarios acompañados de carencia de protección social para los trabajadores. El crecimiento del sector financiero que interviene en la distribución del ingreso, determina una concentración absurda en pocas manos que de paso afecta a las demás actividades económicas porque succiona por la vía del crédito costoso los recursos que les permitirían desarrollarse.
Otras variables vitales como Investigación y Desarrollo, transferencia de tecnología, infraestructura vial, de servicios públicos y capacitación de la mano de obra, que afianzarían un proceso sostenido de desarrollo son un verdadero desastre.
Un recorrido por las vías en el Huila, muestran una radiografía que se replica por la geografía nacional, la sobrecarga de las mulas que transportan los equipos de las compañías petroleras y la multinacional EMGESA que construye la represa del Quimbo, tienen literalmente destruida la vía que de Neiva conduce al sur y al occidente, innumerables huecos y zonas destapadas, la banca en varios lugares a punto de desaparecer, puentes averiados y ni un peso de inversión a pesar de que en un tramo de 120 kilómetros se cobran tres peajes a los usuarios de la carretera.
Ahora ni regalías recibirá la región de la explotación petrolera para mitigar el impacto que ocasiona su actividad.
Uno no sabe si llorar o reír cuando los gobernantes locales y sus áulicos de la dirigencia gremial se llenan la boca hablando del futuro turístico de la región- ya ni a San Agustín se puede llegar sin sobresaltos o trancones- o de sus supuestas potencialidades para invadir los mercados foráneos con los productos locales, solo mentes calenturientas pueden pretender que la producción de bizcocho de achira pueda generar el progreso que se deriva de la producción industrial o de una actividad agraria moderna.
Así las cosas, la competitividad de la que nos hablan todos los días solo nos servirá para ganar un concurso de los mayores charlatanes del planeta.
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