Sexo sin Reserva

La masturbación

Agosto 30 de 2011
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Por: Ivonne Isella Trujillo - contacto@tusemanario.com

Un encuentro entre mi cuerpo, el placer y mi razón

Era una posibilidad desconocida hasta las etapas terminales de mi adolescencia; creo incluso, que a diferencia de lo que ocurre con los hombres, que se empiezan a masturbar en los albores de la pubertad, las mujeres, o al menos en mi caso, empezamos a descubrir y a disfrutar de la masturbación no antes de haber empezado una vida sexual activa.

El día que descubrí que en mi vagina había un pequeño cuerpo, carnoso y eréctil capaz de provocar tal grado de placer, entendí también, que la sexualidad era más que una interrelación entre dos cuerpos, que sin menospreciar el infalible e incomparable goce otorgado por un hombre, la masturbación provocaba una íntima y proporcional relación entre mi desempeño sexual y mi propia satisfacción. 

Quizá por ello sería deshonesto si me atreviera a desmentir, como lo hacen aún algunas mujeres, ese encuentro íntimo con mi sexualidad, esa relación de simbiosis entre mi sexo y yo, en la que dimensiono la capacidad de autosatisfacción y la medida de la entrega sexual que puedo experimentar con un hombre. Ya en este momento de mi vida, la masturbación está lejos de ser un vicio consistente en el uso ilícito de desordenados deleites carnales y se convierte en un tórrido encuentro entre mi cuerpo, mi placer y mi razón.

Sin embargo, el amor y el sexo se pueden expresar de diferentes maneras; además de concebir la masturbación como una estimulación de los órganos genitales o de las zonas erógenas, se convierte dentro de la intimidad con mi pareja, en el idioma que nos comunica cuando las palabras sobran y el cansancio nos impide si quiera vociferar. A mí me basta con ver su cara de deleite, para entender lo lascivamente placentero que le resulta ver cuando me masturbo, y a mi me encanta compartir con él, aquellos momentos de vehemencia pasional.

Para fortuna de muchos, hablar de sexo no resulta prohibido en nuestros tiempos. Cómo hubiese disfrutado el Marqués de Sade, si para su época sus obras literarias, no fuesen sido censuradas y aún más, si hubiese podido disfrutar, no en el aislamiento de las cárceles, del placer otorgado por sus extrañas manías sexuales y sus inagotables manillas (el tipo de masturbación que practicaba). Resultaría mejor tener en nuestra época locos sexuales como el  Marqués y no impotentes con fusil al hombro, como Tirofijo o Rodrigo Granda, incapaces de experimentar un orgasmo nacido del amor o de la pasión, para promover así, la cohesión del universo, a través de manifestaciones ligadas a la sensualidad y al goce obtenido de la unión con su mismo, u otro ser.

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