Opinión

¿Secretario de Cultura del Huila o simple mandadero?

Febrero 6 de 2012
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Por: Betuel Bonilla Rojas - tantalo80@hotmail.com

¿Secretario de Cultura del Huila o simple mandadero?Primero que todo, evoquemos retazos de la infancia. El papá y la mamá, autoritarios por la simple razón que les concede el hecho de traer hijos al mundo, hacen uso de este derecho genéticamente asignado y ordenan a destajo: ―Hijo, haga esto; ―Hijo, vaya por esto; ―Hijo, saque o lleve esto. Son órdenes, e históricamente nos han enseñado que las órdenes, como en la milicia, sólo se cumplen, no importa si el subalterno es incapaz de cumplirlas.

El receptor principal de estas órdenes, casi siempre, resulta ser el hijo bobo, o el que sólo es capaz de oficios menores, o el más vago de la casa. ―Cumpla, y listo, suelen decir. Entonces, este pobre ser, intelectualmente inferior, éticamente impedido para cualquier discernimiento de orden moral, hace lo que puede y va por el mandado, aunque casi siempre se equivoca: trae panela en vez de canela; arroz en vez de azúcar; leche en lugar de pan: pero bueno, no se podía esperar otra cosa.

Y este esquema, otrora de uso exclusivo de la familia, ha terminado por volverse el arma más a mano para la repartición del festín burocrático. Los políticos con cierto poder de decisión, llámese Alcalde o Gobernadora, se sienten (y en algo lo son) padres de hijos, funcionarios a medio formar. Repudian de ellos, al punto de que les asignan aquello que les produce más asco. ―Váyase y dirija la Secretaría de Cultura y Turismo ―ordena la Gobernadora―. No hay mucho que hacer allí. Sólo firme lo que yo le envíe, despida a tal y tal funcionario y ponga en su lugar a éste o aquél. ―Pero doctora, yo no soy un hombre culto, yo sólo sé organizar reuniones políticas con platica que me consigo prestada, y mi aspiración es sólo que me devuelva esa platica invertida con algún contrato, no importa lo que tenga que hacer. ―Es una orden, y eso es justo lo que necesito, repite la gobernadora con desazón.

Entonces esta pobre criatura coge sus bártulos (la foto con la esposa sonriente, su blackberry y su computador personal) y sale a cumplir la orden. Al llegar, siente miedo. Está en un edificio cuya arquitectura confunde con una nave espacial. En su pueblo la arquitectura escasamente llega al baharaque hecho de migajón, y él no distingue entre al barroco y un berraco, entre el rococó y un coco repetido. Entra y se adueña de aquello que es prestado. Se siente por un instante importante y pone cara de mandón.

Pero pronto le recuerdan que es apenas un triste mandadero, que debe obedecer a ciegas, que a duras penas le corresponde recuperar su inversión y firmar todo lo que llegue con la certeza de que es plata ajena. Así está la cosa con este pobre hijo menor. Tan orgulloso, tan soberbio a veces con lo que no es suyo. En el fondo, a solas, él y nosotros sabemos que una vez haga el mandado todos se reirán al saber que nada serio se le puede poner a hacer, que seguirán iguales de incapaces por toda su vida. 

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